Conciencia testigo.

Hay detrás de mí una sombra que no me pertenece, pero me sigue a cualquier hora. De forma disimulada miro hacia atrás para así saber si sigue ahí. Me espío.

Me espío al despertar, ese momento incierto y neblinoso, con la mente aún confusa y ocupada en memorias de sueños, rastreo todo mi cuerpo buscando confirmación de mi existencia en esta realidad.

Me espío en la ducha diaria, contrastando la sensación del agua en mi cara, el olor del jabón cuando se moja, su textura untuosa sobre la esponja, el efecto del agua en mi pensamiento.

Me espío cuando medito, persiguiendo fantasmas que me distraen, viajando a lugares que no conozco, planeando futuros que aún no existen.

Me espío cuando beso, queriendo captar el momento exacto en que mis labios presionan otra piel y analizar el cosquilleo que experimento.

Me espío cuando paseo, observando la fugaz imagen de mí misma reflejada en el escaparate.

Me espío cuando cocino, picando, probando, mezclando, cociendo y me espío pensando que nunca cocinaré tan bien como aquella a quién espío.

Me espío cuando hablo, y apunto meticulosa cada cosa que pienso y no digo, digo y no pienso, ejerciendo de inquisidora tenaz de mi locuacidad observada.

Me espío cuando escribo, y por encima de mi hombro leo mi escritura.

Me espío cuando la risa se apodera de mi ser, y mi espía alza una ceja pensando si el objeto de mi risa era en realidad tan gracioso, o quizás mi reacción haya sido un poco desmedida, mi risa demasiado fuerte, o mi carcajada inapropiada. Apunto estas observaciones en mi cuaderno de espía para poder analizarlas más adelante.

Me espío cuando acaricio a otro ser, y siento en la palma de mi mano otra piel, otro pelo…, intentando capturar la vida que hay más allá del objeto de mi observación y espionaje.

Me espío cuando camino: estira la espalda, flexiona los pies, levanta las rodillas, la cabeza alta… La espía apunta en su cuaderno dorado toda esta información que parece importante. Yo, a veces, al caer el día o al llegar la noche, abro el cuaderno y leo para que el observador que espía se sienta valorado.

Me espío cuando practico y ejecuto los pasos de una coreografía milenaria; (apunte al margen: pareces un pato mareado persiguiendo un mosquito). Me sorprende observar la forma despiadada en que me hablo a mí misma, apunto en el cuaderno dorado.

Me espío cuando pienso, y me interpelo a mí misma por pensar pensamientos que otros seres pensantes pienso que no piensan, y que no me dejan espacio para pensar en otros pensares más útiles que lo que en este momento pienso.

Me espío cuando lloro, sale agua de mis ojos y resbala por mi cara. Es una sensación rara. Los motivos no siempre son los mismos, a veces lloro de alegría, otras de tristeza, y otras sólo porque me aburro y quiero hacer algo.

Es una sensación extraña la del llanto. También se puede llorar sin lágrimas, y entonces hay como una presión en el pecho y parece que el corazón se parte. Apunte en mi libro dorado: Mensaje importante: “Llorar sin lágrimas es más doloroso. Se recomienda liberar las aguas de la tristeza, cuando el agua fluye el dolor se aquieta”.

Espiar mis emociones llena gran parte de mi jornada laboral, y conlleva  un gran gasto de energía de observación, ya que, como decía antes, no siempre las reacciones físicas se corresponden con la misma emoción y eso hace que se complique mucho el trabajo de espía.

También me gusta espiarme cuando leo, y me sorprende mucho que el mismo texto, en prosa o en verso, genere en distintas personas diferentes reacciones, o incluso dependiendo del día, se pueda reaccionar de forma diferente al mismo texto.

Mi momento favorito de espionaje es cuando escucho música; ahí se pueden contemplar oleadas de emociones que las notas provocan. La música puede transportar a estados emocionales distantes entre sí sin que haya otro estímulo. Es curioso cómo influye. Haré un capitulo en mi cuaderno dorado de espía sobre la influencia de la música en los estados anímicos.

Me espío en cada momento y observo.

Puedo sentir el sabor de la comida en mi boca; los sabores agradables a mis sentidos me provocan alegría y satisfacción, mientras que los menos agradables me provocan rechazo y repulsión.

Me sigo espiando, y voy llenando de apuntes mi cuaderno dorado de espía; el trabajo de observación de todo aquello que desea o quiere ser objeto de observación ocupa a tiempo completo la jornada para aquellos que en verdad quieren entregarse al espionaje de sí mismos.

En la total consciencia de mí misma, de mi ser y mi sentir, me espío.

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