Un Universo de posibilidades

Hay veces en la vida en que te sientes perdido. Pero no perdido como el niño que desconoce el camino y avanza con tranquilidad sin saber que se ha perdido, no.

Perdido como un viejo marino que conoce los caminos, que sabe adónde le llevan, que posee los conocimientos necesarios para transitarlos pero no es capaz ahora de encontrar la estrella Polar en el cielo, no recuerda la forma de la Cruz del Sur. Conoce todos los caminos pero ahora no sabe si se dirige al Norte o al Sur. Tiene los conocimientos necesarios, pero ha perdido las referencias. Conoce cada ola, cada viento y cada crujido de su barco, sólo que en este momento no sabe adónde dirigirlo.

En otras ocasiones me he sentido perdido pero no conocía los caminos y me lanzaba a recorrerlos con ansia y desespero, esperando que la acción, aunque fuese desesperada, me indicase la dirección correcta, el camino adecuado. Tremenda pérdida de energía, correr de un lado a otro sin objetivo ni dirección, con la única satisfacción de no estar parado sin hacer nada.

A veces en la vida te sientes perdido y no eres capaz de reconocerlo. Por eso corres de un lado a otro aparentando que sabes dónde vas, que no has extraviado las referencias. Y está bien si lo que quieres es dar vueltas sin sentido, con tal de no estar quieto y tener la oportunidad de ser consciente de lo que en realidad te ocurre. No es muy sabio navegar en círculos…, pero, eso sí, justifica que estás muy ocupado trabajando en la navegación.

También hay veces en que Tú quieres perderte y fondear tu barco imaginario en mitad del mar y observar la cadencia del paso del tiempo…, pero ahí no estás perdido de verdad; es algo buscado y premeditado. Te escondes nada más, así que no tiene el mismo efecto. Recuerdas a la perfección los mapas celestes, eres capaz de orientarte. Quieres descansar, desconectar, pero no estás perdido, sólo un poco harto.

Y quizás, sólo quizás, alguna vez en la vida sientas que no sabes hacia dónde avanzar. Quizás ocurra que olvides las referencias o ya no te parezcan válidas, y con un poco de suerte por tu parte y algo de experiencia acumulada puede que no sientas la necesidad de correr de un lado a otro para simular que sabes qué hacer.

Puede que incluso te permitas reconocer ante ti mismo:

ESTOY TOTAL Y ABSOLUTAMENTE PERDIDO.

Y en ese momento decidas anclar tu barco en mitad del mar, o en un puerto tranquilo o en una isla desierta. O quizás plantes tu silla en un cruce de caminos si eres caminante en vez de marino y te quedes allí, sereno, disfrutando por una vez de haberte perdido, de no saber adónde ir, ni qué hacer, ni hacia dónde dirigirte.

Paladeando el Universo de posibilidades que se despliega en el horizonte y permitiendo, desde la sabiduría que confiere el haber gastado mucha energía en caminos baldíos, que la acción correcta y necesaria surja por sí misma; que el timón de tu corazón encuentre por sí mismo la estrella Polar, la de siempre o una nueva, eso no es importante. Que tu brújula interna apunte hacia la Cruz del Sur por sí misma sólo porque le has dado el espacio y la calma necesarios para manifestarse.

A veces en la vida tenemos la suerte de perdernos un tiempo para así hallar el camino del Universo de posibilidades.

Te deseo días, noches, o semanas incluso, de extravío consciente en mares, caminos o desiertos y la suficiente paciencia para concederte el tiempo necesario que lleve activar esa brújula que hay dentro de ti y que sabrá guiarte en el siguiente tramo del camino.

Hoy, como cada mañana

Hoy, como cada día desde que empezó esta época de oportunidad (así es como llamo yo a la cuarentena), abro los ojos y te envío mi amor y te envuelvo en él.

Hoy, como cada día, espero que mi amor sea tu escudo, y deseo más que nada poder volver a tenerte en mis brazos porque, como cualquiera sabe en este momento, los abrazos de amor protegen de todo mal.

Hoy, como cada día, invoco a los dioses que asisten a las madres y les conceden lo que piden para sus hijos; a los que asisten a las hijas y les conceden lo que piden para sus madres; a los que asisten a las hermanas y les conceden lo que piden para sus hermanas y hermanos. Invoco a los dioses del amor y la protección creyendo que mis súplicas mantendrán a salvo a mis amigos, compañeros, parientes, a todos los que amo.

Y sí, espero desde el fondo de mi corazón que mi amor te guarde, y miro al cielo y le pido a la Madre por ti. Y en mi deseo irracional por mantenerte a mi lado, quiero que mi amor sea tu escudo, tu pasaporte a la vida, que el cielo te guarde sólo porque yo te necesito.

Y hoy, por primera vez haciendo mi rutina de ejercicio al sol en la terraza, al anclarme al cielo y a la tierra, al elevar mi súplica de amor silenciosa, he escuchado la respuesta dentro de mí…, y la dulzura y la certeza han llenado todo mi ser y lo he sabido, así, sin más…

Tanto aprendizaje, tanta formación, tantas conversaciones, ¿qué han dejado en mí? ¿Qué ha sido de lo aprendido? ¿Cómo aplico todas estas herramientas para hacer cambiar mi realidad?

Como cada mañana, a partir de hoy me uno a la vibración de amor Universal y te envuelvo en ella sabiendo que mi amor te hará sentirte fuerte y aceptada, y de esa manera no necesitarás que yo sea tu escudo ni tu protección.

Como cada mañana, a partir de hoy susurraré mis oraciones al viento para que cada Ser las escuche, y así hacer mi propia aportación con mi palabra/pensamiento para que cada Uno se sienta en unión plena con el cosmos, sin necesitar sonidos que lo expliquen.

Como cada mañana, a partir de hoy meditaré en la presencia y en la luz para sentir la luz en mí, y así ya no tendré que temer por mis seres amados porque estaré en cada uno de vosotros y vosotros en mí, habitando en la certeza plena de que así es y será.

Y así, quizás algún día llegue a aprender que mi abrazo de luz y amor matinal, mi pensamiento de protección hacia ti, solo es mi ansia de creer que me necesitas tanto como yo a ti, que aquellos a los que quiero defender con mis oraciones son los que me defienden a mí.

Y puede, y digo sólo puede, que alguna mañana al despertarme y elevar mi pensamiento al cielo llegue a experimentar la sensación de plenitud de tan sólo amarte, sin dudas, sin miedo, sin angustia, sin la ansiedad de perderte, porque entonces sabré que no me perteneces, ni te pertenezco, que el amor nos cuida y nos protege, por sí mismo. Y entonces sabré que no importa en qué plano te encuentres, cielo o tierra, plano físico o no material, siempre estaremos unidos porque aquellos que se aman jamás se separan, que la vida y la muerte son sólo habitaciones de la misma casa. Y puede que por fin mi amor por ti haga su labor y alumbre MI SANACIÓN y dejaré ir mis miedos. Y tú y yo seremos más libres y podremos sentir y experimentar la libertad del verdadero amor. Y puede que así yo comprenda que cuando se vive en el amor no se necesitan escudos, porque en el verdadero amor no existe el otro, no hay nada que temer, nada que defender pues no hay división, todo está unido.

Y entonces, cada mañana al despertar podré escuchar el mensaje de amor Universal del mar, del cielo, del agua y del aire y experimentaré por fin la seguridad del que se siente amado, sin miedo, sin condiciones, sin límites…

Y en la realidad ideal en la que no habito, ese sería el estado perfecto y amoroso. Mas mi imperfecto cuerpo tira de mí, y en la noche olvido lo aprendido y mi mente obcecada en la costumbre (que, por acostumbrada, hace de la rutina ruta segura) me lleva a invocar la habitual súplica de cada día. Y elevo mi oración a los tiernos dioses y les hablo de amor, de protección y de cuidado, y en mi absurda obsesión por verte sana les explico que el mundo te necesita. Visualizo otra vez que mi amor te envuelve y confío en que te mantendrá a salvo, para que cuando se abra la puerta y pueda verte, haya un cuerpo físico al que abrazarme.

Y cada día que amanece, estar segura que la herida del miedo con amor sanará, si se confía…

Dedicado a todas las personas que aman a alguien y en estos momentos temen perderles.

La importancia del verbo ‘SOSTENER’

Mil veces he escuchado a lo largo de los años frases como estas: “Hay que tener capacidad para sostener la energía”. “Uno lo hace, pero es importante que los demás estén para sostener la energía”. “Todos somos importantes porque entre todos sostenemos la energía”…

Podría continuar así un buen rato y podría citar mil y una ocasiones en que he dicho, o he escuchado decir, lo importante que es sostener la energía. Y, aún así, aún no había llegado al fondo de mi entendimiento el significado del verbo ‘sostener’. Quizás sea porque los significados profundos hay que estar muy alerta para comprenderlos, o tal vez porque estamos tan deslumbrados por el brillo que perdemos de vista que la luz está compuesta de millones de pequeñas partículas, y que ese brillo que nosotros podemos ver está “sostenido” por muchísimos fotones que saben en sí mismos de su particular importancia, pero no sienten la necesidad de reclamar todos los focos de atención sobre ellos.

Hoy quiero hacer un llamamiento sobre la importancia de sostener, de saber sostener de forma consciente en esta sociedad en la que cada individuo que la conforma quiere ser punta de pirámide, porque es así como estamos conformados: un individuo sobresaliendo sobre muchos más que son oprimidos y ocultados para auparle a esa cima, de manera que, en vez de sostener la energía, soportan ese peso.

Yo quiero hablar de ser hilo de red, un hilo brillante que se mezcla con otros hilos brillantes y que no reclama mayor importancia o protagonismo que los demás, una red por la que cada uno de nosotros seamos sostenidos. Si uno de esos hilos brillantes se afloja o desaparece, la red es menos densa, más floja, menos fuerte. Quiero llamar la atención sobre la diferencia entre la red y la pirámide, y es que en la red todos son igual de importantes, no hay escalas, ni estratos, ni peldaños, ni niveles.

Se nos habla mucho de individualismo, de realización, de cumplir nuestros sueños, de pensar en nosotros mismos, de ser productivos… Como veis, cada una de estas cosas habla de acción, mucha acción. Porque lo importante es accionar y deslumbrar con nuestro éxito a todos los que nos rodean. Estamos tan deseosos de ser vistos y de ser importantes que sólo buscamos ser punta de pirámide y ya no queremos ser hilo de red.

Una de las mayores carencias que veo en mi trabajo como terapeuta es la escasez de cuidado. Queremos que nos cuiden, pero no queremos cuidar. Porque cuidar requiere dar un paso atrás en nuestras necesidades y hacer visibles las necesidades de aquellos que nos rodean y a los que decimos amar. ¡Cuidado!, no digo que te olvides de ti y que no te cuides. No. Sólo digo que como sociedad se nos está olvidando sostener porque alguien que sostiene no llama la atención y es invisible socialmente.

A veces otras personas nos necesitan a tiempo completo para que les sostengamos, y entonces, ¿qué ocurre? Pues que dejamos de ser productivos, eficientes, competitivos. Dejamos de ser elementos que compiten por auparse sobre la energía de otros al siguiente escalón. Nos convertimos en hilo de red, en un brillante hilo conductor de luz y energía que forma parte de un hermoso entramado luminoso que sostiene a alguien que en este momento necesita nuestra ayuda y atención y que, sin nuestro apoyo y nuestra energía, seguramente caería al abismo. Hermoso papel, ¿verdad?

‘Sostener’ es un hermoso verbo. Una acción que en nuestras creencias puede parecer que forma parte de la no acción, pues suele realizarse dentro de los límites de nuestra intimidad, con discreción. No obstante, a pesar de su belleza intrínseca, cada vez menos personas se identifican con este infinitivo.

Querida tribu, vuelvo a incitaros a la rebelión. Sólo alguien con mucha luz y mucha energía puede sostener y quedarse ahí mientras sea necesario, limitándose a ser, para que otra persona pueda descansar y apoyarse en tu energía sin miedo a caer hasta que pueda sostenerse por sí misma.

Y a la pregunta ‘¿y tú qué haces?’. Mi respuesta es: Yo, SOSTENER.

Y tú, ¿quieres ser hilo brillante o punta de pirámide?

LOS GLADIADORES

“Ave caesar, morituri te salutant”.

Este saludo que dedicaban los gladiadores al césar antes de comenzar sus batallas es la frase que vino a mi cabeza cuando, hace unos días hablando con un amigo, él me decía: “Yo tengo asumido que algunos venimos a esta vida a luchar, a estar luchando siempre, y cuando terminamos con una batalla empezamos con otra, sin tregua…”. Y añadía también: “Yo ya lo he aceptado, pero quizás tú, que crees en las energías, el Universo y esas cosas, me puedas decir cuál es la razón de que esto sea así”.

Yo me quedé pensando en cómo, desde que llegamos a esta vida, podríamos saludar a un césar hipotético con: “Ave césar, los que van a morir te saludan”, porque si hay algo que es seguro desde nuestro nacimiento, es nuestra muerte.

Pensaba cómo nuestra vida se parece a la preparación de los gladiadores: vamos entrenando, alimentándonos y ejercitándonos, todo con el único fin de enfrentar batallas y luchar. Como en un ciclo sin fin, al igual que la rueda del dharma, se nos va seleccionando para saber en qué grupo iremos, como dice la famosa frase: ”Dios reserva las mejores batallas para sus más grandes guerreros”. Y así, una y otra vez saltamos a la arena y libramos la batalla que en ese momento nos toque.

Si salimos vencedores gozamos de una temporada de preparación, descanso y algo de relajación, pero, no obstante, de forma irremediable pende sobre nosotros, cual espada de Damocles, otra batalla, el siguiente adversario, el próximo escalón que superar para afrontar el ciclo que viene o para terminar de soltar el ciclo anterior, tanto da, porque como buen gladiador que eres te dices a ti mismo que el Universo, Dios, tú como alma planeando esta encarnación o las tejedoras del Destino, decidieron en algún momento que eras un Gran Guerrero y que, como tal, lo tuyo es la lucha, con lo que, más que aceptar, te resignas y así te entregas a la rueda sin fin, cual hámster de dos patas sin plantearte cualquier tipo de alternativa. Pero tal vez haya alternativa, ¿o estamos condenados a ser gladiadores? Y si así fuera, ¿dónde quedaría el libre albedrío?

Queridos gladiadores, durante toda esta semana que llevo pensando en este tema puedo ver en mi mente la imagen de la película Gladiator cuando Russell Crowe, en la última escena, pasea por los campos de trigo. Y la pregunta salta sola en mi mente: ¿qué pasaría si los gladiadores se negaran a luchar? Dentro de nuestra programación salta rápido la respuesta: “Pues que mueres”. Pero, ¿qué tal si la respuesta fuese: “Entonces, no hay juego”?

Quiero pensar, querido amigo, que nos entrenamos y creamos herramientas para ser capaces de entender que venimos a vivir, no a luchar. Que, sea cual sea la circunstancia que en este momento llega a mi vida, puedo elegir cómo vivirla y que, por dramática que sea la situación, hay una alternativa a la lucha. Y quiero pensar esto porque yo, que posiblemente sea una gladiadora con más edad que tú y curtida en más batallas, he descubierto que hay más fuerza en la relajación que en la tensión, que somos capaces de dar golpes más fuertes, contundentes y acertados desde la calma, mucho más que desde la alteración, que es más fácil fluir con el rio que intentar contenerlo.

Hay corrientes en este Universo que nos superan en fuerza y en entendimiento. Enfrentarse a ellas como grandes gladiadores es muy loable pero muy cansado, querido amigo, así que te comparto mi decisión: Deponer las armas, fundirme con la arena y caminar por los campos dorados. Sea cual sea la situación no quiero luchar más. He descubierto que es demasiado cansado. Así pues, me retiro del cuerpo de gladiadores.

Te espero en el equipo que recorre los campos dorados.

Eva Cassidy – Fields of Gold

VIVE SIN PEDIR PERMISO

Hoy quiero escribir para hacer una llamada a la insumisión vital. Quiero hacer una llamada al mundo en general para que cada uno haga lo que crea que debe hacer sin pedir permiso, así sin más.

En estas últimas semanas varias personas me habéis llamado por teléfono, o me habéis visitado en casa, quejándoos amargamente de cómo las personas que os rodean, las que se supone que más os aman y, por lo tanto, las que más tienen que apoyaros…, no os apoyan o no os animan o, en el caso de tener pareja, no os dan su permiso…

Cada una me contáis muy indignadas vuestro caso: “¡Es tremendo!, ¿cómo pueden no apoyarme?”, “Contaba con que me comprendiese”, “Quiero cumplir mi sueño, ¿es tan difícil de entenderlo?”, “¡¡¡No me deja que vuelva a estudiar!!!”… Bueno, podría seguir enumerando, pero creo que ha quedado claro lo que me queríais transmitir. Mi respuesta para todas vosotras ha sido muy parecida y de vuestras conversaciones ha salido este pequeño artículo. Parece un mal endémico del ser humano la búsqueda perpetua de permiso para cualquier cosa que queremos hacer, y este mal parece acentuarse si el ser humano pertenece al género femenino.

Así que hoy escribo para ti, querido ser humano que quieres: hacerte un tatuaje en algún lugar de tu cuerpo o no hacértelo, tener un hijo o no tenerlo, darle de mamar a tu hijo o criarlo con biberón, comprar un perro o adoptarlo, cambiar tu lugar de residencia o seguir dónde estás, echarte novia o no, salir con ese chico o no, cortarte el pelo o dejarlo largo, teñirte de rosa el cabello o quizás de verde, dejar periodismo y convertirte en modelo, irte a vivir un año al Amazonas, viajar por Groenlandia en bermudas, volar en parapente, explorar las fuentes del Nilo, meditar en un monasterio del Tibet, ir a hacer voluntariado con una ONG a una aldea perdida de África, volver a estudiar con 50 años, aprender un idioma con 60 años, darle un giro a tu vida y ponerla patas arriba, alquilar un barco navegar al centro de un lago y anclarlo allí para pasarte un mes durmiendo de día y mirando las estrellas de noche, dejarte la barba o afeitártela, depilarte o no, escalar una montaña o bajar a un valle, cocinar o comprar congelados…, en fin, podría seguir así por tiempo infinito.

Nadie tiene derecho a decirte lo que tienes que hacer con tu vida. Otra cosa es que nos sintamos obligados a dar nuestra opinión sobre todo y que, cuando alguien hace algo que se sale de nuestras creencias, pensemos que tenemos que reconvenirle igual que si fuese un niño pequeño.

Si eres mayor de edad (y económicamente independiente) tus decisiones sólo te atañen a ti. Toma conciencia de que tendrás que vivir con ellas el resto de tu vida y que cada decisión que tomas tiene unas consecuencias. Y si tomando todo esto en cuenta sigues queriendo hacerlo, pues ADELANTE, no necesitas el permiso de nadie, sólo el tuyo propio. Sólo necesitas estar convencida de que lo que haces es correcto. Piensa que si dependes tanto del “permiso” de los que te rodean quizás lo que ocurra es que estés buscando una excusa para no hacerlo y quieras derivar responsabilidades…

¿Eres adulta?, ¿sabes lo que quieres?, ¿estás segura de ello?, ¿estás dispuesta a afrontar las responsabilidades que de esa decisión se deriven?, ¿eres independiente?

Si la respuesta a todas esas preguntas es “sí”, ya está, puedes hacerlo, no necesitas el permiso de nadie. Haz lo que te haga feliz, persigue tus sueños, y si en esa persecución te arañas las rodillas, recuerda que tú decidiste este camino. No entregues a los demás el poder y la responsabilidad de dirigir tu vida. Y si intentan detentar ese poder, es muy simple: no les dejes.

Así pues, queridos seres humanos que me leéis, os llamo a la insumisión vital. Os llamo a hacer lo que os haga felices sin pedir permiso. Y cuando una persona cercana os comente algo nuevo y loco que quiere hacer, recordad, no necesita vuestro permiso (aunque es lícito dar vuestra opinión, sin rencores…, que somos adultos y podemos encajar una opinión en contra). A la hora de la verdad todos los que te aman te apoyarán.

¡¡¡Que seáis felices, queridos insumisos vitales!!!

APRENDE A VALORARTE

Desde el momento en que tomamos conciencia de esta vida se nos empieza a programar: se nos compara si nacimos más altos, con más peso, más tranquilos, más demandantes, más guapas o guapos según los cánones establecidos… Según vamos creciendo la programación sigue: si comenzamos antes a caminar, si hablamos, si no hablamos, si sonreímos, si no sonreímos… Cuando comenzamos a ir al colegio se mide nuestra capacidad de complacer a un sistema obsoleto, a través de unos baremos que terminan en notificaciones que reciben nuestros padres y que miden nuestras capacidades, repito, ¿¿¿nuestras capacidades???

Si nuestro interés por cumplir esos objetivos resulta ser poco o ninguno, saltan todas las alarmas. Y nuestros pobres padres comenzarán a decirnos que si no rellenamos esas figuritas de colores no seremos nadie en la vida y que no valdremos para nada. Y así, según vamos creciendo vamos buscando certificar lo que valemos, titular lo que valemos, demostrar lo que valemos.

Porque está claro que si TÚ no tienes una pared llena de títulos, no vales nada. Y si tu experiencia no está certificada, no vale para nada. Y si no has demostrado ante un tribunal lo que sabes hacer con un maravilloso y bien presentado proyecto, es que no vales nada…

Veréis, mi opinión es que cada ser humano que habita este mundo nace con un valor esencial intrínseco incalculable, que no necesita un certificado, ni un título, ni un experto, ni un tribunal, ni nada de eso para aportar valor, que es muy importante que cada uno de los seres adultos de este planeta interioricemos que nuestro valor esencial es algo innato en nosotros y, de esta manera, todos nuestros niños lo respirarán, lo vivirán y sabrán que son seres valiosos. Fijaos que no digo ‘importantes’, sino ‘valiosos’. Las personas que están seguras de su valor ya saben que son importantes y ya saben que no tienen que hacer nada más que existir para “valer”.

Cuidado, no quiero decir que no haya que estudiar o prepararse, no. Lo que quiero decir es:

1. Querido ser humano que me lees, viniste a este mundo a aportar un gran valor que ya está dentro de ti y quiero que lo sepas.

2. Ahora que estás informado de este detalle quiero decirte también que cualquier camino que quieras escoger para mejorar esta sociedad, para experimentarte o para crecer como persona, es perfecto y maravilloso.

3. Nadie es mejor que tú por haber conseguido más títulos universitarios o certificados terrenales (véase punto 1). Recuerda que tú naciste con un valor esencial que elegiste traer a este mundo y cómo lo manifiestas aquí es algo que tú decides.

4. Todas las profesiones son importantes y todas las personas que trabajan dignamente para crear un mundo un poco mejor están manifestando el valor esencial que vinieron a traer a este mundo.

Así que da igual si lo que haces está mejor pagado o no, da igual si lo que haces está mejor considerado socialmente o no, da igual que seas médica o seas el señor que conduce el autobús, seas técnico de luces, entrenadora de pilates o cocinero de un colegio…, eso es lo que “haces” y sólo define aquel trabajo con el que has decidido vivir en esta sociedad. Pero TU valor, querida lectora, tu valor esencial es lo que tú eres y eso, querido ser humano, está en todos nosotros. Ni mejor ni peor, ni mayor ni menor, está en cada uno de nosotros por el hecho de haber nacido.

Hoy escribo esto porque me gustaría un mundo en el que cada persona estuviese segura de su valor, en el que nadie tuviese que malgastar su energía demostrando lo que es, certificando su validez, titulando lo que vale. Quizás en un mundo así nuestros niños y niñas serían validados  automáticamente por unos adultos seguros de sí mismos, que no tienen que estar cada momento de cada día buscándose en sitios donde no se encuentran, intentando averiguar quién son o esperando que alguien les diga cuánto valen. Un mundo en el que cada ser humano sepa que sólo por existir ya aporta, independientemente de lo que haga.

Todo lo que está vivo tiene valor. Esto también se aplica a ti que lees esto, sea cual sea tu circunstancia.

“Tú ya eres, ese es tu valor. Y lo que vienes a traer al mundo se manifestará siempre que estés conectada con tu valor esencial y bien segura de él”.

EL UNIVERSO NOS ENVÍA FLORES

El Universo te envía flores o, lo que es lo mismo, señales o regalos. En su continuo ir y venir nos está hablando siempre. Pero, igual que cuando paseamos por el parque en primavera, sólo percibimos el aroma de las flores si estamos atentos, si tenemos nuestros sentidos abiertos a todo lo que nos rodea. Igual ocurre con esos ramos de flores que nos envía el Universo, sólo podemos recibirlos si estamos atentos, con todos nuestros sentidos despiertos, con nuestra percepción predispuesta y abierta a recibir los regalos que hoy nos esperan.

Sé que en este momento todos nos estamos yendo a esa parte material que todos tenemos, pero los regalos del Universo suelen ser algo más sutiles…

Quizá el portador de tu ramo de flores cósmico de hoy sea un amigo al que hace mucho que no ves y que te cruzas por la calle y, aunque no os da mucho tiempo de hablar, te dice que: “Me estás sorprendiendo gratamente, me encanta todo lo que publicas”. Y tú te quedas con la boca abierta, sin saber que decir, pero sabiendo que el Universo te está enviando un mensaje: “sigue por ese camino”.

Quizá al salir al rellano de tu escalera te encuentres a alguien que hace tiempo que no veías y que, momentáneamente, está en la calle en un día desagradable de viento y lluvia, le ofrezcas un té y un poco de charla y que, durante la espera, te cuente que aquellas palabras que escuchó en tu casa las guarda muy dentro del corazón… El Universo enviándote una rosa.

Quizá tu amiga la profe esté de viaje y te envíe fotos diciéndote que ese pequeño cuento que escribiste está gustando mucho a los niños allende los mares, al otro lado del charco… Ramo de flores y mensaje: “no dejes de hacer aquello que tanto te gusta”.

Quizá te llame una amiga en la que llevabas varios días pensando y, de pronto, marca tu número y os pasáis una hora al teléfono… El Universo: “presta atención y cuida a las personas que amas”.

Quizá alguien vino a tu consulta y te dijo: “Muchas gracias, me llevo más de lo que pensaba” o “Me ayudas a ver el mundo de forma diferente” o ”Sólo con contártelo, ya me siento mejor”… El Universo diciendo: “continúa trabajando, estás en el camino”.

Quizá una persona a la que nunca has visto, pero a la que un día decidiste hacerle el pequeño regalo de tu tiempo, hoy decide devolverte el favor y te envía varios audios en los que te confirma que estás totalmente enfocada en lo que tu alma ha venido a hacer… El Universo enviándote más flores.

Quizá de forma totalmente sorprendente puedes hacer el viaje de tu vida y mucho más barato de lo que pensabas si dejas los miedos a un lado y estás atenta a las señales… El Universo haciéndote regalos.

Y así muchos ejemplos más. Todo nuestro entorno nos está hablando en todo momento. Observa, observa, observa, nada es casualidad. Cada palabra que escuchas es un mensaje, presta atención. Cada persona que ves es un mensajero, presta atención. Cada canción que escuchas y te emociona trae una confirmación, presta atención.

El Universo te envía flores en cada momento, siempre hay magia a tu alrededor. Abre tu percepción, presta atención.

“Todos estamos en el camino. Con todo mi amor, esta es tu confirmación. Presta atención”.

VÍCTIMA DE TU PROPIA FORTALEZA

Tú eres muy fuerte”, esta frase lapidaria ha creado más cargas y corazas emocionales de las que podamos imaginar.

“Porque tú eres fuerte”, “puedes con lo que te echen”, “me gustaría ser tan fuerte como tú”, “tienes tanta fuerza, no te agobias por nada”, y así un largo etcétera…, y tú te lo crees y asumes ese papel de persona fuerte. Bueno, es cierto que eres fuerte y eso está bien, sólo que comienzas a adoptar el papel que se supone tienen que hacer los fuertes y es ahí donde comienzas a caer en la trampa.

Los fuertes no lloran, aunque sí que prestan su hombro para que los demás lloren en él. Los fuertes no se lamentan, pero escuchan los lamentos de los demás. Los fuertes se gestionan sus propios problemas, como tienen taaanta energía no necesitan ayuda de nadie, pero ayudan a los demás a solucionar sus problemas porque tienen muchos recursos y siempre saben qué hacer. Los fuertes son los que tienen que tomar las decisiones porque “ya quisiera yo ser como tú, que siempre lo tienes tan claro”. Los fuertes son el rompeolas de los menos fuertes, la muralla detrás de la cual todos quieren estar, esa protección segura, esos cuidadores ideales que siempre hacen lo que tienen que hacer sin quejarse y que, sea cual sea la tarea, siempre están dispuestos a hacerla; esa energía protectora que hace sentir a los demás que todo irá bien. Y en todo este patrón no escrito de comportamiento que encierra la palabra “fuerte”, se da por supuesto que el fuerte no necesita a nadie…

Bien, pues es cierto que estas personas existen, pero os voy a contar un pequeño secreto: son humanos. Y, por lo tanto, también tienen miedos y momentos de indecisión.

Y es que tenéis derecho a tenerlos y merecéis que los que os rodean os ayuden. Esos momentos duros no tenéis que vivirlos solos. Os está permitido lamentaros, sin caer en el victimismo, claro está. A veces es necesario dejar correr las lágrimas por la cara porque sí, y eso no os hace débiles, tan sólo humanos. Y merecéis que alguien os abrace y os diga que todo irá bien. Y también que otra persona organice las vacaciones, o la cena, o saque las entradas, o se ocupe de conducir…, eso no os convierte en vagos, ni en dependientes. Todos agradecemos dejarnos llevar de vez en cuando. Los cuidadores también necesitan cuidados, y dar por hecho que se cuidan solos es cuando menos un poco egoísta.

“Como eres fuerte, no necesitas a nadie”. ¡Qué mentira tan grande y cuánto dolor ha generado esta creencia! El fuerte está para todos y a la hora de la verdad se encuentra solo. Qué errados estamos. Y lo peor de esto es que de verdad la persona se convence de que tiene que ser así y se traga las lágrimas y los lamentos, no pide un abrazo y da sin descanso, hasta que en algún momento ya no puede más y se derrumba. Y entonces nadie se explica qué puede haberle pasado, ¡con lo fuerte que parecía!

La fuerza hunde sus profundas raíces en la capacidad de amar y entregarse a los demás. Suele ir acompañada de una profunda empatía y, con el tiempo, si no sabemos reconocer nuestra propia debilidad como parte de nuestra fuerza, se puede convertir en el cerrojo que cierra nuestra personal trampa emocional.

Todos saben que eres fuerte, pero deja que te ayuden. Solicita que te escuchen. Deja que te acaricien. Recuerda que los demás pueden tomar la iniciativa, no tienes porque ir tirando siempre de ellos. Es contraproducente para su crecimiento como personas y tú te agotas.

Los fuertes también lloran, así que no retengas tus lágrimas. Expresa tus decepciones y saca tus emociones. Porque ser fuerte no significa ser insensible, sólo indica que tienes la capacidad de resolver y enfrentar aquello que la vida te pone delante.

No dejes que tu fortaleza te convierta en su víctima emocional. Todos tenemos dones que ofrecemos a los demás. Si sabemos gestionarlos sin convertirnos en sus esclavos entonces será cuando estemos entregándonos de forma correcta.

Queridos fuertes, estáis aquí para mostrar a los demás su fortaleza, no para ser implacables.

Hasta la próxima, querida tribu.

EL DÍA QUE DECIDÍ

26 - Cuerda Larga 017

El día que decidí hablarle al viento

y así hacerle partícipe de mi ira.

El día que descubrí que no hay un dueño

cuando el otro no admite soberanía.

El día que decidí hablarme claro, y

así dejar de creerme mi propia historia.

El día que descubrí que no vale excusa,

que el que daña no ama,

y que no siempre el que daña golpea el rostro.

El día que decidí mirar de frente,

y reconocerme a mí misma ante el espejo.

El día que conocí mi propia fuerza,

defendiendo por fin mi propio espacio.

El día que me atreví a decirme: PUEDES

y reclamé sobre mí la ancestral fuerza.

El día que abrí los ojos, y que salí al mundo,

que dejé que los velos por fin se abrieran.

El día en que por fin quise escucharme,

y me dije a mí misma: “Hemos cruzado la frontera”.

El día en el que tuve bastante

y me aleje de ti, sin abrir aún la puerta.

El día en que fui capaz de autorizarme

a no hacer siempre lo que tú querías.

El día en que reconocí

que si duele, no es amor, (aunque Bécquer se empeñe)

y tuve valor al fin para obviar el: “Te necesito”.

El día en que asumí mi propio reto

y descubrí que en mí hay mucha vida.

El día en que reconocí que el abandono

no siempre es la ausencia física.

El día que decidí que “yo soy el amo de mi destino,

el capitán de mi alma”*.

El día que reuní el gran coraje, de escapar por fin

de mi propia jaula.

El día que fui capaz de construir un puente

entre quien fui, quien soy y quien quiero ser

y me perdoné al fin, por no atreverme.

El día que reconocí mi sabiduría

y supe que “a partir de hoy” fue suficiente.

El día que supe que soy capaz de caminar

yo sola y sin bastones. Me rodeé de gente

a quien yo elijo, y que sólo yo decido

si es oportuna.

El día que decidí abrir la puerta, los ojos, los brazos,

las alas y la mente

descubrí mi fuerza y alcé el vuelo

y volé por fin junto a las nubes

y mi piel se fundió con el arco iris

y creí en mí, y en mi criterio

y me enamoré de mí como nunca antes.

El día que aprendí a ver mi reflejo

comprendí que quizás llegó el nuevo tiempo

en el que amor no es jaula, ni excusa,

ni procedimiento.

Que nunca el dolor amor fue, ni es, ni será

y que si tienes miedo de mi luz

no me mereces.

El día en que decidí que

“SOY”

la luz no me dejó ver tu derrota

y me ayudó a olvidar nuestra amargura.

Comprendí que el amor es alegría

y caminé sonriendo hacia el futuro.

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* verso de “Invictus”, poema breve escrito por el poeta inglés William Ernest Henley (1849-1903).

FAST FOOD LIFE

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Hace tiempo que deseaba hablaros de este tema, aunque en realidad no sabía cómo enfocarlo. No siempre resulta fácil sacar fuera de una forma ordenada todo eso que anda por ahí dentro de nuestra cabeza, ¿verdad?

Fue el otro día paseándome por Facebook que leí un comentario que me llamó la atención: “somos unos tragones”. Este comentario iba aplicado en otro contexto pero, como nos pasa a casi todos, los mensajes nos llegan si tienen algo que decirnos. Si no, pasamos olímpicamente, no es para nosotros. Y además, por supuesto, hacemos la interpretación que nos es propicia con respecto al momento que estamos viviendo o lo que estamos pensando. En fin, que el mismo mensaje dirá unas cosas u otras  dependiendo de quién lo oiga y de su momento. Eso me pasó a mí, me dio la clave para comenzar a darle forma a este nuevo post.

Vivimos una vida cada vez más rápida. Queremos todo y lo queremos ya: información y más información, cursos, comodidades, lujos, comida, tecnologías que nos mantienen entretenidos, máquinas que hacen las cosas por nosotros, que nos facilitan la vida (o eso nos dicen) y también nos hacen ganar o ahorrar tiempo, ser más rápidos y efectivos, más competitivos, llegar más alto, incluso hace poco leí que había bebés de “alta demanda”. En fin, queremos que todo sea más: más grande, más rápido, más satisfactorio, más efectivo, etc. Lógicamente esto está desembocando en que grandes segmentos de población padezcan unas tasas de estrés insoportables. Las personas no duermen, no comen, no hablan (me refiero a sentarse a charlar, no a chatear). Tienen que ahorrar tiempo, aunque exactamente no sé dónde va ese tiempo… Necesitamos hacer todo deprisa. Queremos acelerarlo todo: vivimos deprisa, nos “tragamos” el día a día. Decía Louise Hay: “tal como vives tu día a día, vives tu vida”. Es así, estamos viviendo una versión “fast food” de la vida. No somos conscientes de lo que comemos o de lo que vivimos, porque vamos apresuradamente consumiendo alimentos, vida, información, recursos. No queremos respetar los tiempos de siembra, crecimiento, floración, maduración. Queremos algo y lo queremos “YA”, en este momento, rápidamente. Tenemos que ahorrar tiempo para hacer todo lo que queremos. Cada vez más cantidad, cada vez más rápido. Queremos conseguirlo y pasar a lo siguiente.

Es por eso, imagino, que se han hecho tan populares las guías y listas de técnicas que te ayudan a conseguir rápidamente y sin apenas esfuerzo todo eso que deseas en tu vida: “las 5 claves para ser feliz”, “los 5 pasos para saber si tu pareja es la perfecta”, “los 4 pasos que debes dar para crecer espiritualmente”, “las 7 claves del éxito”, “cómo atraer la abundancia y hacerte millonario”, “cómo tener un cuerpo perfecto y saludable en un mes”, “todo lo que debes hacer para que tu satisfacción personal aumente”…, en fin, podemos seguir así el tiempo que queramos, pero no creo que sea necesario abundar más en el tema. Queremos la fórmula mágica y definitiva, convenientemente compactada en dosis manejables y en formato para llevar de forma que podamos adquirirla, pagarla, consumirla y olvidarnos para poder así pasar a otro tema.

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Hasta aquí todo bien. Al final todo es respetable: cada uno elige como vivir su vida o como “gastarla”, como también dicen muchos. Es sólo que, si lo que pretendemos es una mayor presencia de felicidad en nuestras vidas (y para eso antes tenemos que pensar y averiguar qué nos hace felices), eso nos requiere una dedicación, un tiempo, una pensada, vamos, ¿cómo lo haremos? ¡Ah, bueno, que tengo por ahí un tiempo ahorrado que no me acordaba!

Tenemos un día, o quince, o una semana al año ahorrados para ser felices. O eso nos dicen, porque luego después, puede que se frustren nuestras esperanzas porque esos días no son lo que esperábamos, surgen imprevistos que arruinan nuestros planes o bien no nos podemos permitir ese crucero que, seguro seguro, nos aportaría la felicidad soñada…

También hemos podido ahorrar algo de tiempo para ir a algún taller vivencial en el que se hacen meditaciones que garantizan el cambio en el instante, sin casi ningún esfuerzo por nuestra parte y con garantías de resultados óptimos. Sólo una reflexión por mi parte: si sólo somos felices algunos días, el resto del tiempo, ¿qué pasa?… Fast food life. ¿Es que sólo podemos ser felices en ese tiempo supuestamente ahorrado?

¿Y QUÉ ES PARA MÍ SER FELIZ? Esta pregunta os la dejo, pues a todos no nos hacen felices las mismas cosas, ¿o sí? Cada cual que piense y elija su respuesta.

El día a día no es fácil en nuestra sociedad. Demasiadas cargas sobre las personas, ahogadas por el estrés y la presión de las obligaciones. Con estas pocas palabras yo os invito a hacer una pequeña reflexión y abrir un pequeño espacio cada día en el que parar, inspirar, sentir la calidez del sol, pensar o dejar de hacerlo, escuchar o leer un poema, besar a tu pareja lento lento, charlar con tu amiga delante de un café o de una fuente o en medio de una plaza…

Os exhorto a crear un espacio en vuestro día a día para la placidez y la lentitud, para el disfrute y la toma de conciencia, sin esperar nada de ese momento. Simple y llanamente dedicar unos minutos cada día a saborear que estoy vivo y a tomar conciencia de que ser feliz es esto: SER CONSCIENTE, sin pastillas, sin prisas, sin presión. Sólo respirar la vida durante unos instantes y luego seguir, sin necesidad de ahorrar tiempo. Sólo tomar conciencia que la vida es cada instante, cada minuto, cada día, y “tomarnos nuestro tiempo para vivirla, en vez de tragarnos la vida”.

Os invito al pleno disfrute de vuestra vida. Os invito a disfrutar la vida cocinada a fuego lento, sin más FAST FOOD LIFE.

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