EL PERDÓN

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Mi concepto de perdón es algo que últimamente ha cambiado. Incluso yo diría que he dejado de creer en él tal y como se me explicó que funcionaba: una concesión  magnánima en que tú concedías tu perdón y quedabas elevado por encima del ofensor. “El perdón nos hace grandes y nos eleva por encima del otro”, nos decían. Ahora lo percibo más bien como algo más personal que nace de mi interior cuando profundizo en la comprensión del otro. Puede que la palabra empatía tenga mucho que ver en este cambio. Siento que, más que elevarme, me acerca a los demás.

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Comprender al otro y saber que nadie vive su vida para ofenderme a mí exclusivamente, (aunque quizás algunos de sus actos tengan efectivamente esa consecuencia), y saber que si esa persona quiso hacerme daño intencionadamente, EL PERDÓN, sí, así con mayúsculas, es una gracia divina y sólo el Creador nos puede conceder la Gracia de dejar de sentir ese dolor tan profundo que, dentro de nosotros, sentimos ante la traición, el olvido y la ofensa, ese enfado, esa rabia, que se generan dentro de nosotros por habernos permitido estar en esa situación, esa vorágine que se desata en nuestro pecho y que hace que nos juremos dolor eterno para no olvidar la ofensa recibida.

Liberarse de ese peso requiere algo más que querer, requiere un trabajo profundo conmigo misma. 

Por eso entiendo que yo, como humana, sólo puedo ofrecer a mis hermanos comprensión y compasión, saber que todos lo hacemos lo mejor que podemos con las limitaciones que tenemos. Y trabajar cada día en el conocimiento de mí misma, para así poder ofrecer a todos los que me rodean la comprensión y la compasión que aplico en mí. Y así, con este trabajo tratar de minimizar las ocasiones de ofensa. Los demás no pueden ofenderme si yo no les dejo.

Trabajar cada día la compasión y la comprensión es, según yo lo veo, la única forma de intentar acercarme al mundo interior del otro y así comprender sus razones y aceptar su comportamiento. Creo en el perdón, pero bajo mi experiencia:

el perdón te llega cuando puedes aceptarlo, no es algo que concedes.

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Mi receta de la felicidad

Alguien me ha pedido este fin de semana que le dé la receta de la felicidad. ¿Qué es aquello que, a mi entender, se necesita o se puede hacer para ser feliz? Se me hacía un tanto atrevido, ya que la búsqueda de la felicidad sería algo así como la piedra filosofal alquímica, algo que todos quieren encontrar y que nadie parece saber muy bien dónde buscar. Aún así, me dije a mi misma ‘¿por qué no?, sólo se me pide mi opinión’. Entonces, bajo mi punto de vista, ¿cuál es la receta para ser feliz?

O quizás habría que decir mejor, ¿cuál es la receta para estar feliz?, puesto que, ¿qué es la felicidad? Es un estado del ser o, simplemente, un estado. Curiosamente, ser feliz no es lo que soy, es cómo estoy. Por lo tanto, al ser un estado emocional, una actitud, soy yo quien puede propiciar “estar feliz”, ¿no? Me da la sensación que os estoy llevando conmigo por los vericuetos de mi mente, jajajaja, disquisiciones sobre la felicidad.

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Ríos de tinta han corrido en los últimos tiempos sobre este tema. Todos queremos la píldora, la receta, las claves, el atajo, el truco definitivo…, para alcanzar la felicidad en la vida. Se nos ha dicho que si poseemos cosas, seremos más felices. Que si nuestra casa es más grande, seremos más felices. Si gastamos el doble en nuestras vacaciones, seremos más felices. Si nos hacemos un tatuaje, o adelgazamos 10 kg, o si vamos al gimnasio, o…, en fin, múltiples caminos que en algún momento hemos recorrido y casi nunca dieron el resultado que prometían. Quizás, y sólo digo quizás, estamos buscando en el sitio equivocado. Buscamos fuera la felicidad. Lo externo es fuente de satisfacción, sin duda alguna, pero nosotros sabemos que la felicidad es otra cosa. Va más allá del mero disfrute, de la satisfacción de un deseo. Es algo más intenso y también más liviano. Es…, ese momento en el que estás y, de pronto, sientes la plenitud. “Sabes” que estás feliz.

En mi humilde opinión, el secreto es que no hay secreto, y que lo que sí hay es un trabajo personal vital a través del cual nos hacemos conscientes, presentes y responsables de nuestra propia vida y de lo que en ella sucede, independientemente de las circunstancias que nos rodeen en cada momento.

Así que aquí os dejo mi aportación a tan saludable tema, puesto que…

¿Hay algo más importante en la vida que vivir feliz?

Y si lo hay, ¿qué es para ti más importante que vivir feliz?

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LOS 12 INGREDIENTES DE MI RECETA DE LA FELICIDAD

  1. Sé amable.
  2. Escucha música y baila.
  3. Haz cosas por los demás, sin esperar nada a cambio.
  4. Pasa más tiempo con las personas que amas.
  5. Busca razones para sonreír.
  6. Valora lo que tienes y sé agradecido.
  7. Ama sin ponerte límites, empezando por ti.
  8. Dedica tiempo a hacer algo que te gusta y es sólo para ti.
  9. Visita algún lugar al que nunca has ido.
  10. Explora tu trascendencia, eres algo más que un cuerpo físico.
  11. Vive la vida que quieres vivir, no te justifiques por ello.
  12. Y…, respira, observa y fluye. ¡ESTE ES TU MOMENTO!

Esta es la lista que escribí yo en ese momento, seguro que a ti se te ocurren tus propios ingredientes. Parece un buen entretenimiento, realizar una lista propia de ingredientes de tu felicidad.

¿Te apetece?

Yo comparto la mía.

 

EL DÍA QUE DECIDÍ

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El día que decidí hablarle al viento

y así hacerle partícipe de mi ira.

El día que descubrí que no hay un dueño

cuando el otro no admite soberanía.

El día que decidí hablarme claro, y

así dejar de creerme mi propia historia.

El día que descubrí que no vale excusa,

que el que daña no ama,

y que no siempre el que daña golpea el rostro.

El día que decidí mirar de frente,

y reconocerme a mí misma ante el espejo.

El día que conocí mi propia fuerza,

defendiendo por fin mi propio espacio.

El día que me atreví a decirme: PUEDES

y reclamé sobre mí la ancestral fuerza.

El día que abrí los ojos, y que salí al mundo,

que dejé que los velos por fin se abrieran.

El día en que por fin quise escucharme,

y me dije a mí misma: “Hemos cruzado la frontera”.

El día en el que tuve bastante

y me aleje de ti, sin abrir aún la puerta.

El día en que fui capaz de autorizarme

a no hacer siempre lo que tú querías.

El día en que reconocí

que si duele, no es amor, (aunque Bécquer se empeñe)

y tuve valor al fin para obviar el: “Te necesito”.

El día en que asumí mi propio reto

y descubrí que en mí hay mucha vida.

El día en que reconocí que el abandono

no siempre es la ausencia física.

El día que decidí que “yo soy el amo de mi destino,

el capitán de mi alma”*.

El día que reuní el gran coraje, de escapar por fin

de mi propia jaula.

El día que fui capaz de construir un puente

entre quien fui, quien soy y quien quiero ser

y me perdoné al fin, por no atreverme.

El día que reconocí mi sabiduría

y supe que “a partir de hoy” fue suficiente.

El día que supe que soy capaz de caminar

yo sola y sin bastones. Me rodeé de gente

a quien yo elijo, y que sólo yo decido

si es oportuna.

El día que decidí abrir la puerta, los ojos, los brazos,

las alas y la mente

descubrí mi fuerza y alcé el vuelo

y volé por fin junto a las nubes

y mi piel se fundió con el arco iris

y creí en mí, y en mi criterio

y me enamoré de mí como nunca antes.

El día que aprendí a ver mi reflejo

comprendí que quizás llegó el nuevo tiempo

en el que amor no es jaula, ni excusa,

ni procedimiento.

Que nunca el dolor amor fue, ni es, ni será

y que si tienes miedo de mi luz

no me mereces.

El día en que decidí que

“SOY”

la luz no me dejó ver tu derrota

y me ayudó a olvidar nuestra amargura.

Comprendí que el amor es alegría

y caminé sonriendo hacia el futuro.

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* verso de “Invictus”, poema breve escrito por el poeta inglés William Ernest Henley (1849-1903).

FAST FOOD LIFE

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Hace tiempo que deseaba hablaros de este tema, aunque en realidad no sabía cómo enfocarlo. No siempre resulta fácil sacar fuera de una forma ordenada todo eso que anda por ahí dentro de nuestra cabeza, ¿verdad?

Fue el otro día paseándome por Facebook que leí un comentario que me llamó la atención: “somos unos tragones”. Este comentario iba aplicado en otro contexto pero, como nos pasa a casi todos, los mensajes nos llegan si tienen algo que decirnos. Si no, pasamos olímpicamente, no es para nosotros. Y además, por supuesto, hacemos la interpretación que nos es propicia con respecto al momento que estamos viviendo o lo que estamos pensando. En fin, que el mismo mensaje dirá unas cosas u otras  dependiendo de quién lo oiga y de su momento. Eso me pasó a mí, me dio la clave para comenzar a darle forma a este nuevo post.

Vivimos una vida cada vez más rápida. Queremos todo y lo queremos ya: información y más información, cursos, comodidades, lujos, comida, tecnologías que nos mantienen entretenidos, máquinas que hacen las cosas por nosotros, que nos facilitan la vida (o eso nos dicen) y también nos hacen ganar o ahorrar tiempo, ser más rápidos y efectivos, más competitivos, llegar más alto, incluso hace poco leí que había bebés de “alta demanda”. En fin, queremos que todo sea más: más grande, más rápido, más satisfactorio, más efectivo, etc. Lógicamente esto está desembocando en que grandes segmentos de población padezcan unas tasas de estrés insoportables. Las personas no duermen, no comen, no hablan (me refiero a sentarse a charlar, no a chatear). Tienen que ahorrar tiempo, aunque exactamente no sé dónde va ese tiempo… Necesitamos hacer todo deprisa. Queremos acelerarlo todo: vivimos deprisa, nos “tragamos” el día a día. Decía Louise Hay: “tal como vives tu día a día, vives tu vida”. Es así, estamos viviendo una versión “fast food” de la vida. No somos conscientes de lo que comemos o de lo que vivimos, porque vamos apresuradamente consumiendo alimentos, vida, información, recursos. No queremos respetar los tiempos de siembra, crecimiento, floración, maduración. Queremos algo y lo queremos “YA”, en este momento, rápidamente. Tenemos que ahorrar tiempo para hacer todo lo que queremos. Cada vez más cantidad, cada vez más rápido. Queremos conseguirlo y pasar a lo siguiente.

Es por eso, imagino, que se han hecho tan populares las guías y listas de técnicas que te ayudan a conseguir rápidamente y sin apenas esfuerzo todo eso que deseas en tu vida: “las 5 claves para ser feliz”, “los 5 pasos para saber si tu pareja es la perfecta”, “los 4 pasos que debes dar para crecer espiritualmente”, “las 7 claves del éxito”, “cómo atraer la abundancia y hacerte millonario”, “cómo tener un cuerpo perfecto y saludable en un mes”, “todo lo que debes hacer para que tu satisfacción personal aumente”…, en fin, podemos seguir así el tiempo que queramos, pero no creo que sea necesario abundar más en el tema. Queremos la fórmula mágica y definitiva, convenientemente compactada en dosis manejables y en formato para llevar de forma que podamos adquirirla, pagarla, consumirla y olvidarnos para poder así pasar a otro tema.

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Hasta aquí todo bien. Al final todo es respetable: cada uno elige como vivir su vida o como “gastarla”, como también dicen muchos. Es sólo que, si lo que pretendemos es una mayor presencia de felicidad en nuestras vidas (y para eso antes tenemos que pensar y averiguar qué nos hace felices), eso nos requiere una dedicación, un tiempo, una pensada, vamos, ¿cómo lo haremos? ¡Ah, bueno, que tengo por ahí un tiempo ahorrado que no me acordaba!

Tenemos un día, o quince, o una semana al año ahorrados para ser felices. O eso nos dicen, porque luego después, puede que se frustren nuestras esperanzas porque esos días no son lo que esperábamos, surgen imprevistos que arruinan nuestros planes o bien no nos podemos permitir ese crucero que, seguro seguro, nos aportaría la felicidad soñada…

También hemos podido ahorrar algo de tiempo para ir a algún taller vivencial en el que se hacen meditaciones que garantizan el cambio en el instante, sin casi ningún esfuerzo por nuestra parte y con garantías de resultados óptimos. Sólo una reflexión por mi parte: si sólo somos felices algunos días, el resto del tiempo, ¿qué pasa?… Fast food life. ¿Es que sólo podemos ser felices en ese tiempo supuestamente ahorrado?

¿Y QUÉ ES PARA MÍ SER FELIZ? Esta pregunta os la dejo, pues a todos no nos hacen felices las mismas cosas, ¿o sí? Cada cual que piense y elija su respuesta.

El día a día no es fácil en nuestra sociedad. Demasiadas cargas sobre las personas, ahogadas por el estrés y la presión de las obligaciones. Con estas pocas palabras yo os invito a hacer una pequeña reflexión y abrir un pequeño espacio cada día en el que parar, inspirar, sentir la calidez del sol, pensar o dejar de hacerlo, escuchar o leer un poema, besar a tu pareja lento lento, charlar con tu amiga delante de un café o de una fuente o en medio de una plaza…

Os exhorto a crear un espacio en vuestro día a día para la placidez y la lentitud, para el disfrute y la toma de conciencia, sin esperar nada de ese momento. Simple y llanamente dedicar unos minutos cada día a saborear que estoy vivo y a tomar conciencia de que ser feliz es esto: SER CONSCIENTE, sin pastillas, sin prisas, sin presión. Sólo respirar la vida durante unos instantes y luego seguir, sin necesidad de ahorrar tiempo. Sólo tomar conciencia que la vida es cada instante, cada minuto, cada día, y “tomarnos nuestro tiempo para vivirla, en vez de tragarnos la vida”.

Os invito al pleno disfrute de vuestra vida. Os invito a disfrutar la vida cocinada a fuego lento, sin más FAST FOOD LIFE.

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CÓMO HE LLEGADO AQUÍ

Hace unos días colgué el vídeo de una de las charlas de introducción a la Inteligencia Emocional que formaban parte de mi proyecto. Recuerdo que, mientras colocábamos la sala para dar la charla, Lola me preguntaba: “Bueno, cuéntame. ¿Cómo es que hemos llegado aquí?”.

Lo dejé ahí, aparcado. Lo puse en ‘stand-by’ como me gusta decir a mí. No lo había vuelto a analizar hasta que Paco terminó de editar el vídeo y me dijo que había llegado el momento de subirlo a YouTube. Quise hacer también una reseña en el blog sobre este vídeo y fue entonces cuando nuevamente resonó esa pregunta en mi cabeza. Con esa cualidad que tienen los pensamientos para ordenarse cuando los hablas con alguien o los escribes, todo empezó a situarse. ¿Cómo he llegado aquí? Os cuento…

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Hace un año exactamente llegaba yo de una peregrinación muy especial que me había llevado lo más lejos de casa que había estado en mi vida: Tierra Santa, Jerusalem, Belén… Bueno, ya sabéis, imagino que muchos habréis reconocido esa cúpula dorada mundialmente famosa. Aunque, en realidad, este no es el principio de la historia…

La historia empieza cuando llegué a una bifurcación de mi camino, de esas que aparecen en nuestra vida de tanto en tanto, y me quedé allí sin saber por cuál de aquellos senderos continuar. No obstante, mi alma sabía por dónde quería ir y yo no daba crédito a aquello. La vida nos sorprende a menudo y nosotros también nos damos sorpresas de tanto en tanto a nosotros mismos. Tanto dudé, tanto esperé, tanto negué lo que en el fondo sabía que era correcto que casi llegué a romperme por la fuerza con que me negaba a mí misma, con que negaba lo que necesitaba mi ser. Posteriormente muchas personas me han hablado de cuánto admiran lo valiente que he sido y lo fuerte que fui al dar aquel paso. Realmente fue una huida hacia adelante de mi espíritu vital pugnando por salir sin que yo pusiese casi voluntad. A veces, la necesidad interna es tan grande, que decide tomar la iniciativa y salvarnos incluso de nosotros mismos cuando no somos capaces de tomar las decisiones que nos llevan allí a donde queremos ir.

Cuando tomé aquella decisión, di el primer paso aunque no sabía a dónde me llevaría, aparte de fuera de mi casa con nada más que algo de ropa en mi maleta roja. Después di muchos otros pasos, al principio sin saber muy bien dónde me llevarían, pero cada uno de ellos me iba llevando desde la enfermedad física, desde la pérdida potente, desde ese no saber y al mismo tiempo estar tan seguro… Hay una hermosa leyenda del poeta Rumi, “la leyenda de la perla”, que habla de cómo los buscadores de perlas bajan al fondo marino a por las ostras que contienen las perlas y lo hacen a pulmón, sin botellas de oxígeno. Habla de cómo los más resistentes pueden bajar más que los otros y encuentran las perlas más hermosas, aunque terminen agotados por el esfuerzo que eso supone. Muchas veces recordé esa hermosa leyenda de Rumi en aquellos meses en que yo anduve paseando por el fondo, buscando aquella perla que quizás alguna vez tuve, o quizás no, pero que en ese momento claramente no tenía. Invertí tiempo en caminar por lugares que nunca había transitado y también en recuperarme físicamente de aquella rara enfermedad que me dejaba en cama con cuarenta de fiebre cada dos por tres y que casi no me permitía ingerir comida… Y así, poco a poco, todo fue lentamente situándose mientras seguía dando pasos.

Y llegó el gran día. Volví a llenar mi maleta roja y me fui a lo que yo pensaba era el gran peregrinaje de mi vida. Allí, en Emaús, donde me hice esta foto de mis pies, negros y quemados del sol del desierto y de caminar con las sandalias con ellos al aire. Allí, en el centro del mar de Galilea, orando en medio de la noche, recordando los pasos de Jesús en la Tierra, sintiendo tantas cosas que sólo en sitios tan especiales y tan cargados de emotividad como ésos se pueden sentir. Allí, en Jerusalem, frente al muro de las lamentaciones enviándole mensajes a Dios, recorriendo las calles de la Ciudad Santa junto con todos mis compañeros de viaje, en alguno de aquellos momentos maravillosos de silencio (quizás en el huerto de Getsemaní, quiero pensar por romanticismo, el ser humano tiende al melodrama, qué le vamos a hacer)… Allí, decía, me di cuenta que mi peregrinaje hacía mucho que había comenzado, que en esta Tierra todos somos peregrinos de la vida, que cada paso que había dado desde el día de mi nacimiento me trajo aquí donde estoy en este momento, que sea quien soy ahora. Me perdoné por no haberme escuchado, por haberme dejado enfermar, por amar a los demás y no saber amarme a mí misma, por tantas cosas que hicieron que tuviese que abandonar aquella vida portando sólo mi maleta roja. Sin duda, aquellos olivos milenarios, con su sombra sabia y acogedora en aquella noche de silencio, supieron poner en mi mente la magia necesaria para que esa certeza surgiese, para que ese milagro ocurriese dentro de mí.

Vine renovada, como habréis podido deducir, y durante muchos meses mi maleta roja (la pequeña) y yo hemos hecho muchos kilómetros yendo y viniendo de Madrid. Hasta allí me desplazaba todas las semanas para estudiar y prepararme y al final de curso, yo, que tenía pánico escénico y que me agobiaba si hablaba delante de más de cuatro personas, me encontré dando esta charla que os dejo en YouTube. A veces nuestros pasos en la vida nos deparan hermosas sorpresas. Sólo es cuestión de dejar que esa magia, esa fuerza, esa energía vital, esa fe…, en fin, podéis llamarlo como queráis, es cuestión, decía, de abandonarnos a ella y dejar que guíe nuestros pasos.

Nuestra alma sabe que nosotros somos peregrinos, que la vida es caminar y que en todos los caminos hay bifurcaciones, cruces y desvíos. Ella, como peregrina sabia que es, sabe por dónde ir. Nosotros sólo tenemos que escucharla.

Así es que por eso estoy aquí: porque un día mi alma decidió que estaba harta de ser ignorada y a mí no me quedó más remedio que escucharla.

Aquí os pongo la charla por si aún no la habéis visto y os apetece hacerlo ahora.

No te rindas

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Llevo tiempo con ganas de hacer algo con alguno de mis poemas favoritos.  No terminaba de decidirme. Ya sabéis…, ¿entre cuál de tus amores puedes decidirte? Así que, gracias Silvia por traer aquel día a clase al amado maestro Mario Benedetti y el poema “No te rindas”.

Leyendo aquí y allá sobre este poema, he descubierto que es posible que Mario Benedetti no lo escribiese y tal vez fuese un error otorgarle la autoría. No obstante, yo os dejo el apunte, el poema y lo que a mí me inspira. Si no es de Mario le doy las gracias a quien lo escribiese por lo que inspira. Y si es de él, le doy las gracias por todo lo que escribió, por su poesía y por su sencillez, que nos sigue sirviendo de espejo, aunque él ya no esté. Y además, por este poema concreto.

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En otras ocasiones ya os he hablado de la resiliencia, esa capacidad que tenemos los seres humanos de encontrar y extraer un aprendizaje positivo de una experiencia aparentemente negativa. Y es que se dice que realmente no hay cosas buenas o malas, ni hay momentos positivos o negativos, que sólo hay experiencias que nos aportan aprendizajes y nuestro ser, nuestra alma inmortal, elige en un momento dado pasar por ellos o no, dependiendo del momento evolutivo en que se encuentre.

En este poema se nos habla de “No te rindas”, de no tirar la toalla y seguir en el camino, sin ceder. Igual que en el Camino de Santiago, la vida es un caminar con los pies a veces llenos de ampollas y rozaduras, hinchados por el camino. En esos momentos en que el frío nos quema y el miedo nos muerde puede parecer que eso nos hace ir más lentos. Incluso sentimos la necesidad de pararnos durante un instante al borde del camino y mirar cómo los demás avanzan mientras tomamos aliento para continuar. En esos momentos “en que el sol se esconde, y se calla el viento”, todo parece aquietarse a nuestro alrededor y nos decimos a nosotros mismos que ya hemos tenido bastante de esto. Que ya no queremos más…

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Es el momento de recordar que la vida es eso: “aceptar tus sombras, enterrar tus miedos”. Toma el aprendizaje que este momento te ofrece y sigue adelante porque “aún hay fuego en tu alma, y vida en tus sueños”.

Deja que el siguiente peregrino que pase delante de ti tome tu mano y te ayude a levantarte. “Abre las puertas, quita los cerrojos, derriba las murallas” y concédete una tregua. Reconoce que necesitas ayuda, y dale otra oportunidad a la vida. Date otra oportunidad, realiza este aprendizaje y, de esta forma, la vida ya no volverá a traértelo.

“Recupera la risa, ensaya un canto, extiende las manos, celebra la vida”.

Porque es cierto que hay veces que puede parecer que ya no hay fuerzas en ti para vivir. Pero tú puedes elegir quedarte sentado en el lado del camino, quejándote de las ampollas y las rozaduras, dejando que el frío te muerda y el miedo te queme. O, por el contrario, ponerte en pie y seguir caminando, tomar impulso y desplegar tus alas. Porque este es tu mejor momento y esto es lo que posees: tu fuerza, la gran fuerza del resiliente que asume el golpe, se hace más resistente, vuelve a su forma original, se cura las heridas y sigue adelante.

Recordad:

“Porque esta es la hora y el mejor momento

DESPLEGAD LAS ALAS, CONQUISTAD LOS CIELOS”

Pegaso (3)

NO TE RINDAS

No te rindas, aún estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo

Aceptar tus sombras

Enterrar tus miedos

Liberar el lastre

Retomar el vuelo

No te rindas que la vida es eso

Continuar el viaje

Perseguir tus sueños

Destrabar el tiempo

Correr los escombros

Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas

Aunque el frío queme

Aunque el miedo muerda

Aunque el sol se esconda

Y se calle el viento

Aún hay fuego en tu alma

Aún hay vida en tus sueños

Porque la vida es tuya, y tuyo también el deseo

Porque lo has querido y porque te quiero

Porque existe el vino y el amor, es cierto

Porque no hay heridas que no cure el tiempo

Abrir las puertas,

Quitar los cerrojos

Abandonar las murallas que te protegieron

Vivir la vida y aceptar el reto

Recuperar la risa

Ensayar un canto,

Bajar la guardia y extender las manos

Desplegar las alas

E intentar de nuevo,

Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas

Aunque el frío queme

Aunque el miedo muerda

Aunque el sol se ponga y se calle el viento

Aún hay vida en tus sueños

Porque esta es la hora y el mejor momento

Porque no estás solo, porque yo te quiero.

VACÍO

Después de un tiempo en el que he andado un poco ocupada ya os iré contando en qué, cambio de imagen y muchas ganas de seguir moviéndonos. Voy a compartir con vosotros algunas de las cosas que me han tenido apartada del teclado del ordenador.

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Lo primero, quiero agradecer a Anna Llenas cuyas maravillosas ilustraciones me enamoraron por completo. Y de quien he escogido dos cuentos para realizar un taller de inteligencia emocional con cuentacuentos. El cuento de que os hablaré hoy es Vacío. Las dinámicas que he creado para este cuento las encontraréis en la sección de proyectos del blog (en la parte inferior de la página de portada), por si a alguien le interesan para aplicarlas.

La primera vez que leí Vacío me enamoró, quedé prendada de esas maravillosas ilustraciones de esa historia sencilla y aún así llena de significado. Pero fue solo después de haberle dedicado un tiempo para trabajar con él en el taller de inteligencia emocional, que me fui dando cuenta de todo su potencial, así es casi siempre. Al primer vistazo las cosas nos pasan desapercibidas, no somos capaces de ver la profundidad, hasta dónde llega. Sino hasta que le dedicamos un buen rato, a reflexionar sobre ello.

Me capturó Julia, la niña feliz que perdía algo. Cuántas veces perdiste algo, y sentiste un gran vacío. Cuántas veces sentiste que ese agujero jamás podría llenarse, que nada ni nadie en este mundo podría hacer que ese “vacío” que había en tu interior desapareciese.

Cuántas veces en tu día a día te preguntas ¿qué te pasa?, ¿qué te está pasando?, intentas llenar ese vacío con un montón de cosas igual que Julia, relaciones tóxicas, comida, mascotas, plantas, drogas y alcohol, materialismo indiscriminado, ¿cambia algo? ¿Te hace sentir distinta? ¿Sientes que eres más feliz? No siempre está tan claro lo que hemos perdido, hay pérdidas claras muertes de seres queridos, cambios de trabajo, de domicilio, incluso de ciudad y país, dejando atrás a nuestros familiares y amigos, separaciones, divorcios. Esas serían pérdidas muy claras en nuestras vidas, pero hay veces que lo que hemos perdido no está tan claro, y lo mismo que Julia sentimos un gran vacío en nuestro interior que no sabemos cómo llenar.

Sentir esa tristeza, identificarla y a continuación escuchar que nos está diciendo, igual que Julia en el cuento, prestarnos un poquito de atención, y dar un paso más allá. Escogí este cuento porque es un canto a la vida.

La resiliencia, una habilidad emocional muy importante bajo mi punto de vista. Ser capaces de ver y aprender lo bueno que hay en los aprendizajes que menos nos gustan en la vida. La conexión con los demás a través de nuestro interior, lo que podemos compartir, el crecimiento que experimentamos  a nivel personal, cuando nos aventuramos en nuestro interior.

En resumen, no hay fracasos, tan sólo aprendizajes. Y la resiliencia nos invita a “ver” lo que las situaciones difíciles vienen a traernos no a quitarnos.

La valentía de mirar dentro de nosotros mismos, y no temer lo que veremos, sino que muy al contrario, grandes cosas están ahí esperando a ser manifestadas. Este momento triste, sólo es una oportunidad para pararse y preguntar ¿Qué me pasa? ¿Qué he perdido?

Gracias Anna, por tus libros.

Gracias María, por hablarme de él.

Gracias Carol, por apoyarme.

Gracias Paco, tú ya sabes por qué.

DAR LA TALLA

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Hace  tiempo que quería hablar de este tema, no os voy a hablar de la operación bikini, ni nada parecido aunque, en esta época primaveral en que empezamos a quitarnos abrigos y demás capas que nos ocultan.  Seguro que muchos de nosotros estamos haciendo la guerra a esos kilitos que se han aposentado en nuestro cuerpo serrano.

La foto que acompaña estas palabras pertenece al cuento “Malena en el espejo” he cogido esta ilustración que tan bien representa lo que muchos de nosotros sentimos en muchas ocasiones.

Cuántas veces oímos: “No estuviste a la altura……”, “No has dado la talla……..”, “No eres lo que esperaba……”, “Me has defraudado…….”, “Esperaba más de ti……”, frases como estas, muy parecidas o exactamente estas.

Pasamos la vida estirándonos, intentando ser quién no somos, queriendo llegar a una altura que algún día alguien (ya no recordamos muy bien quién), nos marcó, siempre según sus parámetros, por supuesto. Dedicándonos en cuerpo y alma a cumplir con un objetivo que no nos corresponde , que no deseamos y que en realidad no significa nada para nosotros.

Alguien nos dijo un día las notas que teníamos que sacar, y en base a las notas que sacamos en el colegio, la carrera universitaria o la formación profesional que deberíamos escoger. Y cuando cumplimos con eso, el coche que debíamos comprar, la casa que debíamos tener, el trabajo al que debíamos aspirar. Dependiendo de nuestras notas y de nuestro sexo, porque claro si eres mujer, piénsate que luego quizás quieras ser madre, no sea que por ser demasiado ambiciosa, no tengas tiempo para tu familia.

Una persona con cierto nivel, debe aspirar a determinada pareja que vaya acorde con ella y, se mueva en los mismos ambientes y, por supuesto, todo esto sin que en algunas ocasiones tú te puedas preguntar si en realidad estas cumpliendo TUS PROYECTOS, TUS SUEÑOS, TUS EXPECTATIVAS, o realmente estás cargando con una mochila que un día alguien colocó sobre ti: Tú eres una niña muy dulce serás una madre estupenda. Con esas notas serás un ingeniero fantástico. Tú eres muy buena escuchando, deberías ser psicóloga. Todas estas frases repetidas un número determinado de veces, hacen que las personas ya no se planteen que es lo que realmente quieren o queremos hacer con sus o nuestras vidas, sino que directamente seguimos esas pautas que alguien nos marcó.

Normalmente ese alguien, es una persona muy amada para nosotros,  que con todo su amor y su mejor intención, carga sobre nuestra espalda todas sus frustraciones y sus sueños por cumplir, para que vivamos la vida que ellos soñaron vivir. Y cargando con este peso adicional, intentamos ser quienes nos piden que seamos, cumplir los sueños que quedaron en el camino, y estar a la altura de lo que se nos exige….porque hay que “dar la talla”,  aunque nos rompamos en el intento, aunque sintamos que dentro de nosotros algo se quiebra al pensar en lo que pudo ser y no fue. Y de nuevo comienza el ciclo, tenemos los hijos como está marcado y sin darnos cuenta, les cargamos la mochila, con nuestros miedos, nuestros sueños por cumplir, y como no….con nuestras expectativas, para que otra vez alguien sienta que por mucho que se estire,… nunca llegará a la medida que alguien un día marcó. Para que,ya que él no pudo, otro lo cumpliese.

Portemos nuestros propios sueños rotos, nuestros proyectos, nuestros pesares y alegrías, y dejemos que cada uno se cree por si mismo los suyos; probemos a ser generosos con los que vienen detrás. Comprensivos, con los que nos cargaron sin saberlo o sabiéndolo con sus mochilas.Y….. compasivos  con nosotros mismos para perdonarnos por el tiempo, el esfuerzo, y en algunos casos la frustración que ha supuesto, intentar complacer constantemente a otros. Siendo quienes no somos y haciendo lo que no nos gusta.